Septiembre llega con su inevitable: “Oh, Dios mío, ahora sí voy a poner mi vida en orden”.
Gimnasio. Pilates. Comer mejor. Dormir 8 horas. Ahorrar. Leer. Meditar. Journaling. Skincare. CrossFit. Beber dos litros de agua. Ver más a mis amigos. Tener tiempo para mí. Ser productiva pero, importantísimo, saber descansar.
Vamos, básicamente ser nuestra mejor versión sin estresarnos intentando ser nuestra mejor versión.
Y sí, aprovechar un nuevo comienzo para hacer cambios puede estar genial.
El problema es cuando hasta el autocuidado empieza a parecerse a la autoexigencia.
Porque ahora no basta con cuidarnos. Parece que hay que cuidarse aesthetic.
La clean girl, la Pilates girl, la almond mom, la que se levanta a las 6, el que hace journaling, entrena, desayuna perfectamente y a las 8 ya ha vivido tres días.
Y claro, la pregunta es: ¿con quién nos estamos comparando? ¿De dónde hemos sacado que cuidarse tiene que parecerse a eso? ¿Quién nos lo exige? Y, sobre todo, qué necesito YO realmente?
Porque igual hoy cuidarte es entrenar. Pero también puede ser descansar sin culpa. Poner un límite. Decir que no. Pedir ayuda. Dejar de estar disponible para todo el mundo. Hacer algo porque te gusta y no porque sea “bueno para ti”. Tener una tarde absolutamente improductiva. O empezar a prestar atención a eso que llevas meses tapando con un “bah, tampoco es para tanto”.
El autocuidado no debería convertirse en otra competición por ver quién se cuida más, mejor o de la forma más aesthetic.
TIENE QUE PODER ENCAJAR EN NUESTRAS VIDAS, NUESTRAS NECESIDADES Y NUESTRAS POSIBILIDADES REALES.


